martes 12 de febrero de 2008

Cómo comprar una tele en territorio en guerra en V.O.S.E.






Cuando llegué a este país y empecé a adoptar los vicios costumbristas ibéricos, me asusté al principio –y bastante–, confiésoles. Poco a poco me empecé a adaptar y necesitaba MI tele. Hasta que por fin llegó el día de su compra. Recuerdo el día con cariño... Caminaba a la tienda feliz en aquel día soleado de Septiembre… Era MI primera tele en Madrid. Entré levitando de felicidad a la tienda cual bailarina rusa, mientras los televisores emitían una imagen dantesca neosurrealista: Se caían los edificios del World Trade Center mientras aviones de American Airlines se estrellaban directamente dando en la diana para partirlos en dos. “Ah, ésto era el primer mundo, qué buenos efectos especiales, qué buena trama, el talón de Aquiles, el pánico. Bien estilo Orson Welles… ¿O será alemán, o francés o danés...? No… Esto de Dogma no tiene nada… Tanta peli por ver, tanta… Ya estoy en Madrid…”, diletaba en mi soliloquio mientras esperaba al vendedor que nunca se acercó. La elegí sola –una sabe de telecomunicaciones, hay que saber casi todo, como una chica Cosmo o Macgiver–, la pagué mientras toda la tienda miraba las pantallas que proyectaban la misma película, y salí hacia la acera con mi caja de cartón, esquivando peatones que corrían con demasiada prisa sin dejar el móvil. “Ah, aquí las cosas se mueven más rápido, es una Capital del Primer Mundo”, pensaba tratando de hacer equilibrio cargando el paquete. Cogí un taxi, me dio ochenta vueltas y me cobró el precio de MI tele, un poco menos quizá.
Subí tropezando, abrí la caja con dos estocadas perfectas en cruz, y estaban ahí, esperándome preciosas y olorosas; las bolitas blancas en forma de maní, del que comen los elefantes. Me sumergí a bucear frenética en el cotillón blanco, la encontré, le sacudí el polvillo y con cierta torpeza la conecté. Esta última operación tomó su tiempo; es que hay que acostumbrarse a las diversas tecnologías… Conocí a los famosos euroconectores, que me desconcertaron un poco al principio, porque yo me había quedado en line in/line out y antena/in antena/out… Pero en fin, ese no es el caso.
Finalmente, mando en mano, me senté en un improvisado sofá y la encendí. Al hacerlo todos los canales seguían pasando las mismas escenas de la película que había visto en la tienda, hasta que cayó la ficha, era la realidad joder. Y dicen que es mentira lo de la Ley de Murphy… Ya la guerra no me interesaba, ni los muertos, ni los aviones. Estaba indignadísima y sólo podía pensar en lo frustrada que me sentía. Y eso que mis amigos dicen que tengo “alma de filántropa”. Pero qué escándalo, ¡no podía más! La tele conectada, funcionado, linda además y sólo la Dos pasaba películas españolas de las viejas, lo demás, era la guerra, la guerra, la guerra; ¡ya estaba harta! ¡Era todo demasiado simbólico!
Pero la tormenta siempre escampa, regresó la vida normal y la gente se olvidó de todo, pues, como siempre. Pero ahí, empezó mi guerra personal contra mis yos (es que tengo varios). Ésa también se perfila como guerra civil. Les cuento un poco: Los Latinoamericanos, por desgracia, hemos heredado mucho de la cultura Yanquee, y por suerte, una de ellas es ver las películas en su idioma original y con subtítulos en español, si es necesario.
¿Me dejé entender? ¡Toda la programación de MI tele nueva estaba doblada al castellano! ¡Violaba todos mis principios como declarada y abanderada cinéfila! ¿Me había comprado MI tele para ésto? Por más que le daba al mando no había una sola emisora que pasara las películas como se debe según yo, ergo con respeto a los creadores; que nadie se sienta ofendido si piensa de otra manera. ¡No me cambien la pregunta! Bastante tengo con ésta. Lo único que quiero es que se pongan en mi pellejo y se pregunten con todo lo que les he contado: ¿Como se hubieran sentido ustedes? ¿No se habrían indignado? Yo, me aferraba a las cuentas de las perlas de Mallorca de la in-dig-na-ción. Casi las rompo en un ataque de furia para que rodaran dramáticamente por el suelo, y llorar mientras las lágrimas me destruyan el maquillaje y recogerlas una a una, y el rimmel negro chorreando sobre mis cachetes. Pero decidí hacerlo con los plastiquitos en forma de maní de elefante. Menos dama, igual catarsis.
Sólo me reconformaba la escena de "Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios" donde Carmen Maura está doblando una película, pero esa escena tiene FINES ARTISTICOS PARA LA RESOLUCION DE LA PELICULA. Almodovar no deja cabo suelto.
Ese cambio cultural me sentó fatal. ¡Llegué inclusive una noche a ver entera una película de actores latinoamericanos con doblaje de acento español! Sé que hay un debate eterno en este tema, y no pretendo criticar a nadie, que la gente vea como quiera su película, pero no puedo dejar de meter una espinita. Como cuando te hablan de toros y uno tiene que manifestar de manera sutil que no está de acuerdo. Además, estoy en mi derecho: mis amigos españoles dicen que les da risa mi acento porque les sueno a dibujo animado de la tele de su niñez, es decir, dicen que hablo Marco o Heidi.
Regresando a lo que me acontecía… Estaba en crisis, sí, pero como una tiene sus recursos de autoayuda, decidí empezar a coleccionar DVDs. Me hice adicta a las colecciones de todos los diarios y pedía DVDs por Internet y por teléfono o me iba a la OfertaFnac. Poco a poco durante estos años, he logrado una envidiable colección de DVDs. Están ordenados de dos maneras: Alfabéticamente y Cine de Autor. Y están colocados en sus repisas especiales con mucho cariño y afecto. Les quito el polvo gallardo y madrileño una vez a la semana, y cuando uno nuevo llega, es inmediatamente catalogado y colocado en el lugar correspondiente junto a sus compañeros de piso.
Pero como los recursos de autoayuda nunca funcionan –ya en el término mismo está la catástrofe del sistema: ¿Cómo nos vamos a ayudar si estamos hechos mierda? Pues pasó lo mismo conmigo. Me iluminé, sucedió como una epifanía. Ayer, miraba en MI tele una peli bonita, medio cursi, pero bonita: El Club de Los Poetas Muertos, que tengo por cierto en mi colección. La transmitían claro, doblada al castellano. Yo con dos opciones: Sacar mi DVD y verla como me gustan ver a mí las películas, o la segunda: verla doblada al castellano. En V.O.S.E.. En Versión Original Subtitulada al Español, o en Usted, si lo leemos en varias lenguas… Y recuperar así mi inversión en DVDs y mis principios artísticos.
¿Se preguntan cuál fue mi opción? ¡Vamos, pregúntenme algo! ¿Cuál fue mi opción? Pues esa pregunta, quedará abierta.